La política tiene unas vainas sabrosas, Ernesto Orozco llegó prometiendo “arreglar esto” y a estas alturas, lo que parece haber arreglado es el camino para que otros sueñen seriamente con sucederlo.
Su gobierno se desgastó y la marca Ernesto ya no luce como aquel premio que muchos querían exhibir. Ahora hay que pensarlo dos veces. Porque una cosa es recibir estructura y otra terminar heredando también el malestar de la calle. La bendición del alcalde puede venir con más castigo que votos.
Ahí está el lío del Equipo Azul. Ape Cuello y Ernesto tienen estructura, poder y nombres. José Mario Barriga, Poncho Campo, Carlos Daza, Guido Castilla, Elmer Jiménez, Sandra Cujia. Nadie sensato los puede borrar del mapa. Pero hoy tienen una tarea bastante incómoda. vender continuidad en una ciudad que empieza a pedir cambio.
El caso de Javier Martínez es todavía más espinoso. Ser hijo de Juaco Martínez, uno de los hombres fuertes del entorno de Ernesto, puede abrir puertas dentro de la estructura; afuera es otra historia. Porque una candidatura con demasiado olor a herencia puede terminar pagando los pecados políticos del padre y los desgastes del gobierno. En política, hasta los apellidos pasan factura.
Mientras el Equipo Azul mira cómo sacudirse ese peso, afuera hay varios haciendo cuentas. Kaleb Villalobos Por una parte viene de una buena candidatura a Cámara, sigue caminando, sigue sonando y curiosamente, le está funcionando no andar desesperado gritando que quiere ser alcalde. Mientras otros buscan padrinos, Kaleb intenta que su propio nombre sea el padrino. Tiene mucho camino por recorrer, pero hoy cuenta con una ventaja envidiable, puede hablar del futuro sin tener que explicar el presente.
Carlos Felipe Quintero tiene talento político, pero también una crisis de domicilio. Quiere mudarse al progresismo, aunque todavía carga muebles de sus viejas casas políticas. pero justo cuando intenta instalarse aparece Alfredo Saade reclamando ese mismo terreno. Saade tiene un discurso más fácil de venderle al petrismo, le habla al oído a Petro y este le escucha, mientras siga firme, será la piedra en el zapato de Carlos Felipe. Uno quiere conquistar esa casa; el otro dice que ya vive allí, Saade anuncio sin titubeos que va por la alcaldía de Valledupar mientras que Quintero sigue quitándole los pétalos a la flor.
Miguel Ángel Gutiérrez juega al misterio. Tiene nombre, posibilidades y conversación, pero todavía no termina de decir si va. Parece esperar las alianzas correctas antes de saltar. Puede ser prudencia o puede salir caro. En política también se pierde por llegar cuando ya repartieron las sillas y parece ser que la silla de la asamblea sigue siendo la mejor opción.
Otro que también tiene aspiraciones es Ricardo Reyes, empresario, fresco frente a buena parte de la baraja tradicional y con cercanía a la campaña de Gumer de la Peña. Todavía tiene que convertir posibilidad en proyecto, pero este desorden le sirve. Cuando el poder deja espacios, hasta los que estaban mirando desde la barrera empiezan a ensillar.
Ese es el verdadero problema de Ernesto. No solamente que su gobierno esté desgastado. Es que su desgaste democratizó la ambición. Hoy hay más gente creyendo que puede llegar a la Alcaldía porque el oficialismo dejó de parecer invencible. El Equipo Azul conserva músculo, claro. Ape sabe hacer elecciones y sería una torpeza subestimarlo. Pero hay cosas que ni la mejor maquinaria compra fácilmente, entusiasmo, frescura y ganas de continuidad.
Y ahí está la ironía: Ernesto llegó a “arreglar esto” y puede terminar haciendo algo que nunca estuvo en el libreto; arreglarles la Alcaldía a sus contradictores.
